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SANTO DOMINGO. A poco menos de diez pies para finalizar el empalme del puente de casi un kilómetro que se extiende sobre el río Ozama y por el que circularán los trenes de la Línea II del Metro de Santo Domingo, las quejas y exigencias de los moradores y comerciantes de sectores aledaños no se hacen esperar por el daño que, afirman, ha provocado la obra a su entorno y sus negocios.
Mientras a orillas del Ozama una grúa cargaba enormes varillas hacia la parte superior del puente, donde las recibían grupos de obreros que laboran sin parar en el armazón de acero que sostendrá el hormigón de la estructura, Nirda Valenzuela, propietaria de la casa número 35 en Gualey, dice que los trabajos han causado daños a su hogar, de paredes de hojalata, y que espera con ansias un desalojo que le permita vivir en mejores condiciones junto a sus tres hijos.
“Yo entré allá, a la oficina de la OPRET (Oficina para el Reordenamiento del Transporte), pero no le ponen caso a uno. Dicen que van a desalojar, ¿pero cuándo? Nunca. Ya ellos subieron la vaina esa (el puente)”, reclamaba la señora Valenzuela, mientras mostraba el interior de la pequeña pieza, donde el olor a pobreza dominaba el aire.
Todas las casas de los alrededores tenían un número en la pared exterior, como si de un censo se tratase. La de la señora Valenzuela era la 35, como ella había dicho.
El polvo de Los Guandules Al otro lado, en el sector Los Guandules, también llueven las reclamaciones a la OPRET por cuánto ha cambiado el panorama del barrio y el comportamiento de los comercios a partir de la intervención de las maquinarias y camiones de las compañías contratistas que construyen la Línea II del Metro.
Isolina Díaz, propietaria de un comedor en la calle Respaldo 17, lamenta la caída de su negocio a raíz de que los residuos de la megaconstrucción se han esparcido por la comunidad, en especial por sus vitrinas y ajuares en el pequeño local de unos 10 metros cuadrados.
Cuenta que se vio forzada a dejar de vender sándwiches debido a que el polvo se adueñó de la tostadora en la que preparaba los emparedados y los clientes se alejaron. Con la misma suerte corrieron la licuadora, congeladores y un radio donde solía colocar música para entretener a sus comensales.
“Él, José, dice nosotros te llamamos y nunca llaman... si nos van a desalojar que nos desalojen o que nos den una ayuda”, narraba la señora Díaz, sobre promesas que supuestamente le hiciera un empleado de la OPRET acerca de su traslado o indemnización También el barbero Ariel Alcántara relataba cómo sus tijeras se han vestido de polvo y posteriormente han caído en desuso ante la fuga de clientes que huyen de los residuos que se aglomeran en su local.
“He tenido que decorar tres veces, he tenido que pintar. Trabajando con las puertas cerradas hasta con calor”, explica Alcántara sobre la situación por la que atraviesa.
Según cuenta, hasta su acondicionador de aire dejó de funcionar por el cúmulo de polvo en el ambiente, por lo que le resulta incómodo continuar su labor a puertas cerradas bajo el auxilio de dos abanicos. Como consecuencia de la extensión de la estación Eduardo Brito, en el lado Oeste del puente, quedó cerrada la calle San Luis, lo que llevó a que la OPRET abriera el camino por otra vía, que ahora resulta estrecha para los moradores de Los Guandules.
Marino Pérez, líder comunitario, detallaba que la San Luis era una calle de vital importancia porque comunicaba a Gualey y Los Guandules, y por la que transitaban todos los vehículos de empresas de productos comestibles que suplen a los comercios de la zona .
“Esta es la calle principal del barrio, la casa no permite la visión para que el que viene saliendo de aquí y el que vaya bajando se vean. Aquí puede haber un accidente”, reclamaba Pérez, quien entiende debe eliminarse una casa localizada justo en la esquina de la nueva calle y la Respaldo 17, algo con lo que los propietarios de la vivienda también están de acuerdo.
Pérez puntualiza que no se está pidiendo “para un fulano de tal, sino que es un bien para la comunidad”

Puente de Línea II del Metro se une por encima de las quejas


SANTO DOMINGO. A poco menos de diez pies para finalizar el empalme del puente de casi un kilómetro que se extiende sobre el río Ozama y por el que circularán los trenes de la Línea II del Metro de Santo Domingo, las quejas y exigencias de los moradores y comerciantes de sectores aledaños no se hacen esperar por el daño que, afirman, ha provocado la obra a su entorno y sus negocios.
Mientras a orillas del Ozama una grúa cargaba enormes varillas hacia la parte superior del puente, donde las recibían grupos de obreros que laboran sin parar en el armazón de acero que sostendrá el hormigón de la estructura, Nirda Valenzuela, propietaria de la casa número 35 en Gualey, dice que los trabajos han causado daños a su hogar, de paredes de hojalata, y que espera con ansias un desalojo que le permita vivir en mejores condiciones junto a sus tres hijos.
“Yo entré allá, a la oficina de la OPRET (Oficina para el Reordenamiento del Transporte), pero no le ponen caso a uno. Dicen que van a desalojar, ¿pero cuándo? Nunca. Ya ellos subieron la vaina esa (el puente)”, reclamaba la señora Valenzuela, mientras mostraba el interior de la pequeña pieza, donde el olor a pobreza dominaba el aire.
Todas las casas de los alrededores tenían un número en la pared exterior, como si de un censo se tratase. La de la señora Valenzuela era la 35, como ella había dicho.
El polvo de Los Guandules Al otro lado, en el sector Los Guandules, también llueven las reclamaciones a la OPRET por cuánto ha cambiado el panorama del barrio y el comportamiento de los comercios a partir de la intervención de las maquinarias y camiones de las compañías contratistas que construyen la Línea II del Metro.
Isolina Díaz, propietaria de un comedor en la calle Respaldo 17, lamenta la caída de su negocio a raíz de que los residuos de la megaconstrucción se han esparcido por la comunidad, en especial por sus vitrinas y ajuares en el pequeño local de unos 10 metros cuadrados.
Cuenta que se vio forzada a dejar de vender sándwiches debido a que el polvo se adueñó de la tostadora en la que preparaba los emparedados y los clientes se alejaron. Con la misma suerte corrieron la licuadora, congeladores y un radio donde solía colocar música para entretener a sus comensales.
“Él, José, dice nosotros te llamamos y nunca llaman... si nos van a desalojar que nos desalojen o que nos den una ayuda”, narraba la señora Díaz, sobre promesas que supuestamente le hiciera un empleado de la OPRET acerca de su traslado o indemnización También el barbero Ariel Alcántara relataba cómo sus tijeras se han vestido de polvo y posteriormente han caído en desuso ante la fuga de clientes que huyen de los residuos que se aglomeran en su local.
“He tenido que decorar tres veces, he tenido que pintar. Trabajando con las puertas cerradas hasta con calor”, explica Alcántara sobre la situación por la que atraviesa.
Según cuenta, hasta su acondicionador de aire dejó de funcionar por el cúmulo de polvo en el ambiente, por lo que le resulta incómodo continuar su labor a puertas cerradas bajo el auxilio de dos abanicos. Como consecuencia de la extensión de la estación Eduardo Brito, en el lado Oeste del puente, quedó cerrada la calle San Luis, lo que llevó a que la OPRET abriera el camino por otra vía, que ahora resulta estrecha para los moradores de Los Guandules.
Marino Pérez, líder comunitario, detallaba que la San Luis era una calle de vital importancia porque comunicaba a Gualey y Los Guandules, y por la que transitaban todos los vehículos de empresas de productos comestibles que suplen a los comercios de la zona .
“Esta es la calle principal del barrio, la casa no permite la visión para que el que viene saliendo de aquí y el que vaya bajando se vean. Aquí puede haber un accidente”, reclamaba Pérez, quien entiende debe eliminarse una casa localizada justo en la esquina de la nueva calle y la Respaldo 17, algo con lo que los propietarios de la vivienda también están de acuerdo.
Pérez puntualiza que no se está pidiendo “para un fulano de tal, sino que es un bien para la comunidad”