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La amarga lucha por el poder en el país refleja la debilidad institucional en toda la región
En estos momentos en que el juicio político a la presidenta brasileña Dilma Rousseff parece cada vez más probable, mucho se escribe acerca de lo que significa para su propio país. Ha habido menos discusión acerca de las implicaciones para América Latina en general.
Aunque la caída de Brasil de ser un ícono de los BRIC a ser un país devastado ha sido, en gran medida, el resultado de su propia marca singular de mala gestión económica, el cambio político de izquierda a derecha encaja perfectamente en la tendencia regional.
Al mismo tiempo que la Sra. Rousseff y su izquierdista Partido de los Trabajadores, o PT, han perdido popularidad y credibilidad en Brasil, Argentina abandonó más de una década de Kirchnerismo al elegir a Mauricio Macri, de centro-derecha, como su presidente en noviembre del pasado año. El mes siguiente, la oposición venezolana obtuvo una aplastante victoria parlamentaria contra el gobierno socialista del presidente Nicolás Maduro. Y el pasado mes de febrero, el izquierdista presidente de Bolivia, Evo Morales, perdió un referendo que le hubiera permitido presentar su candidatura a un cuarto mandato en el año 2020.
Y aún hay más, pues los peruanos se preparan para elegir un gobierno de centro-derecha en abril y es probable que ocurra un cambio similar en las elecciones presidenciales de Ecuador en enero de 2017. Mientras tanto, en Venezuela está aumentando la posibilidad de un cambio de gobierno, conforme la oposición pasa de consolidar su control del congreso a lanzar un referendo revocatorio para reducir el mandato del Sr. Maduro. Si se desmorona el gobierno de la Sra. Rousseff, podría acabar el apoyo de uno de los pocos aliados restantes de Venezuela, lo cual aislaría más al régimen de Caracas.
Hasta el momento todo va bien para los inversionistas, quienes suelen preferir la ortodoxia económica asociada con las administraciones con tendencias derechistas. Sin embargo, quizás se pueda sacar otra lección de la crisis política brasileña que sea menos positiva: la perpetua debilidad de las instituciones latinoamericanas. Aunque la Sra. Rousseff está siendo técnicamente acusada de manipular las cuentas del gobierno, la fuente verdadera de sus problemas es la enorme investigación “Lava Jato” de la corrupción en Petrobras, la compañía petrolera nacional.
Inicialmente, el vigor con el que el poder judicial de Brasil se dedicó a la investigación de corrupción fue muy bien recibido, tanto a nivel doméstico como internacional. Por ejemplo, el proceso provocó comentarios positivos en los medios mexicanos, los cuales lo compararon con el lamentable desempeño de sus propios tribunales.
Sin embargo, gradualmente la investigación parece haberse salido de control y la independencia de los jueces se está enturbiando. Algunos tribunales inferiores, especialmente el juez Sergio Moro, envuelto en una cruzada, parecen abocados a tomar venganza contra la Sra. Rousseff y su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva. La Corte Suprema, por el contrario, parece favorecer al gobierno.
Mientras tanto, el PMDB, el mayor partido de Brasil y, hasta la semana pasada, parte de la coalición gobernante, parece tan involucrado en el escándalo de corrupción como el propio PT. Sus miembros parecen andar en pos del juicio político contra la presidenta no tanto con el ánimo de erradicar la corrupción sino de reemplazar a la debilitada Sra. Rousseff con alguien más capaz de protegerlos de los investigadores.
Todo esto sugiere que la década de prosperidad impulsada por el auge de los productos básicos le permitió a Brasil ocultar problemas en su marco político y legal en lugar de construir instituciones más fuertes durante los años de bonanza. Si el crecimiento continúa siendo débil y el precio del petróleo continúa siendo bajo, podríamos descubrir que los problemas económicos revelen que lo mismo está sucediendo en toda la región, aunque Chile y, quizás, una depurada Colombia pueden ser excepciones. La desequilibrada forma en que los tribunales de Perú les han prohibido a algunos candidatos participar en las venideras elecciones presidenciales, mientras les han permitido participar a otros acusados de los mismos crímenes, es una señal de advertencia.
Aunque los tiempos de auge económico no necesariamente contribuyen a las buenas políticas, las malas políticas generalmente van a la par con una economía de bajo rendimiento. Es cierto que Brasil y Venezuela necesitarán resolver sus crisis políticas antes de poder enfrentar sus problemas económicos. En Brasil el problema es que un voto en favor del juicio político puede provocar simplemente otro gobierno igualmente inestable, con una administración encabezada por el vicepresidente Michel Temer quien también está asediado por acusaciones de corrupción y dudas de su legitimidad y por lo tanto no podría pasar las necesarias, aunque impopulares, reformas fiscales.
También en Venezuela el presidente se aferra al poder con todas sus fuerzas, y está cada vez menos claro si la oposición puede reunir la cantidad suficiente de firmas como para organizar el referendo que desea antes de que la escasez crónica, la crisis energética y la del agua, y una inflación galopante provoquen una explosión social.
Para los inversionistas, esto demuestra que lo más importante es determinar el momento oportuno. Los mercados han estado cotizando a Brasil de forma binaria últimamente; cualquier suceso que sugiere un aumento de las posibilidades de un juicio político provoca un repunte de la moneda y las acciones y viceversa. Teniendo en cuenta los impresionantes logros de la administración Macri en sus primeros 100 días, quizás tengan razón ... finalmente.
Pero las transiciones, incluso las pacíficas, son desordenadas y toman tiempo: Es probable que la economía argentina se contraiga este año antes de que el nuevo gobierno produzca un cambio. En Brasil y Venezuela, incluso si ocurre un cambio político mañana, les tomará mucho tiempo a sus economías recuperar el equilibrio. Se recomienda precaución.
Por Dan Bogler (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved

Lecciones de Brasil para América Latina


La amarga lucha por el poder en el país refleja la debilidad institucional en toda la región
En estos momentos en que el juicio político a la presidenta brasileña Dilma Rousseff parece cada vez más probable, mucho se escribe acerca de lo que significa para su propio país. Ha habido menos discusión acerca de las implicaciones para América Latina en general.
Aunque la caída de Brasil de ser un ícono de los BRIC a ser un país devastado ha sido, en gran medida, el resultado de su propia marca singular de mala gestión económica, el cambio político de izquierda a derecha encaja perfectamente en la tendencia regional.
Al mismo tiempo que la Sra. Rousseff y su izquierdista Partido de los Trabajadores, o PT, han perdido popularidad y credibilidad en Brasil, Argentina abandonó más de una década de Kirchnerismo al elegir a Mauricio Macri, de centro-derecha, como su presidente en noviembre del pasado año. El mes siguiente, la oposición venezolana obtuvo una aplastante victoria parlamentaria contra el gobierno socialista del presidente Nicolás Maduro. Y el pasado mes de febrero, el izquierdista presidente de Bolivia, Evo Morales, perdió un referendo que le hubiera permitido presentar su candidatura a un cuarto mandato en el año 2020.
Y aún hay más, pues los peruanos se preparan para elegir un gobierno de centro-derecha en abril y es probable que ocurra un cambio similar en las elecciones presidenciales de Ecuador en enero de 2017. Mientras tanto, en Venezuela está aumentando la posibilidad de un cambio de gobierno, conforme la oposición pasa de consolidar su control del congreso a lanzar un referendo revocatorio para reducir el mandato del Sr. Maduro. Si se desmorona el gobierno de la Sra. Rousseff, podría acabar el apoyo de uno de los pocos aliados restantes de Venezuela, lo cual aislaría más al régimen de Caracas.
Hasta el momento todo va bien para los inversionistas, quienes suelen preferir la ortodoxia económica asociada con las administraciones con tendencias derechistas. Sin embargo, quizás se pueda sacar otra lección de la crisis política brasileña que sea menos positiva: la perpetua debilidad de las instituciones latinoamericanas. Aunque la Sra. Rousseff está siendo técnicamente acusada de manipular las cuentas del gobierno, la fuente verdadera de sus problemas es la enorme investigación “Lava Jato” de la corrupción en Petrobras, la compañía petrolera nacional.
Inicialmente, el vigor con el que el poder judicial de Brasil se dedicó a la investigación de corrupción fue muy bien recibido, tanto a nivel doméstico como internacional. Por ejemplo, el proceso provocó comentarios positivos en los medios mexicanos, los cuales lo compararon con el lamentable desempeño de sus propios tribunales.
Sin embargo, gradualmente la investigación parece haberse salido de control y la independencia de los jueces se está enturbiando. Algunos tribunales inferiores, especialmente el juez Sergio Moro, envuelto en una cruzada, parecen abocados a tomar venganza contra la Sra. Rousseff y su predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva. La Corte Suprema, por el contrario, parece favorecer al gobierno.
Mientras tanto, el PMDB, el mayor partido de Brasil y, hasta la semana pasada, parte de la coalición gobernante, parece tan involucrado en el escándalo de corrupción como el propio PT. Sus miembros parecen andar en pos del juicio político contra la presidenta no tanto con el ánimo de erradicar la corrupción sino de reemplazar a la debilitada Sra. Rousseff con alguien más capaz de protegerlos de los investigadores.
Todo esto sugiere que la década de prosperidad impulsada por el auge de los productos básicos le permitió a Brasil ocultar problemas en su marco político y legal en lugar de construir instituciones más fuertes durante los años de bonanza. Si el crecimiento continúa siendo débil y el precio del petróleo continúa siendo bajo, podríamos descubrir que los problemas económicos revelen que lo mismo está sucediendo en toda la región, aunque Chile y, quizás, una depurada Colombia pueden ser excepciones. La desequilibrada forma en que los tribunales de Perú les han prohibido a algunos candidatos participar en las venideras elecciones presidenciales, mientras les han permitido participar a otros acusados de los mismos crímenes, es una señal de advertencia.
Aunque los tiempos de auge económico no necesariamente contribuyen a las buenas políticas, las malas políticas generalmente van a la par con una economía de bajo rendimiento. Es cierto que Brasil y Venezuela necesitarán resolver sus crisis políticas antes de poder enfrentar sus problemas económicos. En Brasil el problema es que un voto en favor del juicio político puede provocar simplemente otro gobierno igualmente inestable, con una administración encabezada por el vicepresidente Michel Temer quien también está asediado por acusaciones de corrupción y dudas de su legitimidad y por lo tanto no podría pasar las necesarias, aunque impopulares, reformas fiscales.
También en Venezuela el presidente se aferra al poder con todas sus fuerzas, y está cada vez menos claro si la oposición puede reunir la cantidad suficiente de firmas como para organizar el referendo que desea antes de que la escasez crónica, la crisis energética y la del agua, y una inflación galopante provoquen una explosión social.
Para los inversionistas, esto demuestra que lo más importante es determinar el momento oportuno. Los mercados han estado cotizando a Brasil de forma binaria últimamente; cualquier suceso que sugiere un aumento de las posibilidades de un juicio político provoca un repunte de la moneda y las acciones y viceversa. Teniendo en cuenta los impresionantes logros de la administración Macri en sus primeros 100 días, quizás tengan razón ... finalmente.
Pero las transiciones, incluso las pacíficas, son desordenadas y toman tiempo: Es probable que la economía argentina se contraiga este año antes de que el nuevo gobierno produzca un cambio. En Brasil y Venezuela, incluso si ocurre un cambio político mañana, les tomará mucho tiempo a sus economías recuperar el equilibrio. Se recomienda precaución.
Por Dan Bogler (c) 2016 The Financial Times Ltd. All rights reserved